miércoles, 13 de junio de 2012

"Llevate esos cuentitos a otro lado"


“Llevate esos cuentitos a otro lado”, me dijo mi seño de Jardín de Infantes un día en el que le fui a contar que dos nenes se estaban peleando y que una nena no me compartía la primera hamaca, la preferida de todos.

Recuerdo que me di vuelta con furia e impotencia porque “la” señorita Vivi no le había prestado atención a tan tremendo reclamo, pero igual corrí hasta el otro lado del patio donde los chicos continuaban peleando y les dije que “la señorita dijo que ya viene” sintiéndome una vocera oficial.

Veinte… si, veinte años después descubro que sin darse cuenta la persona a la que más quise después de mis padres estaba enviándome al lugar exacto donde amo estar, que resulta ser circunstancialmente este blog, el diario donde trabajo, los proyectos que escribo o cualquier cosa que me demande “contar” algo real o ficticio.

Con esta breve anécdota tengo la intención de que reflexionemos acerca de resignificar en nosotros el valor de las palabras, el peso que tiene una expresión echada con liviandad sobre un niño, adolescente o ser de cualquier edad sin tener en cuenta que las palabras son como un ladrillo que puede ser utilizado para construir o para romperle la cabeza a alguien, de tal modo “en la lengua está el poder de la vida y de la muerte”, como dice un proverbio de la Biblia.

Vamos por la vida livianos de opinión, mandando literalmente a la mierda a cuanta persona no nos cayó bien, insultando hasta a quienes más queremos y justificándonos en que “si no me manejo así exploto por dentro”.

“Sos un tarado”, “¿Tan burro vas a hacer que no podés entender ésto?”, “Pendejo de mierda”, “¿Para qué te habré parido?” y cuántas cosas más entran en corazones pequeños y grandes dejando una huella profunda y de por vida.

La Seño Vivi, sin querer, me mandó al lugar adecuado, pero por favor tengamos cuidado y midamos las palabras que utilizamos y la intención con la que las largamos. Por un mundo con más halagos que insultos. 

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